- "Tú no deberías trabajar aquí" - Así me recibieron aquella mañana. Contra todo pronóstico, no respondí con groserías ese día. Me limité a preguntar la razón. "Tú tienes déficit de atención, no deberíamos tener a alguien especial en un cargo de responsabilidad." Sólo respondí: "Ah si, pero aquí estoy." Lo dije mientras en mi cara se dibujaba una sonrisa de confusión. Supongo que por haberme tomado por sorpresa, no esgrimí una de esas respuestas cortopunzantes que con tanta facilidad suelo dar. No obstante, pensé que ella, siempre tan arrogante y malhumorada, había tenido una mala noche en casa y por eso tenía ganas de hacer catarsis con el primer pendejo que se atreviera a responderle. Y ese pendejo había sido yo.
La verdad es que tengo déficit de atención, no supe darle nombre hasta la adultez. Recuerdo que, cursando estudios de Educación en la Universidad, pedí ayuda psicológica para mejorar mis técnicas de estudio. Me hicieron muchas preguntas y me aplicaron unos ejercicios, al final me dijeron: necesitamos que hagas un test, posiblemente tienes TDAH. Como buen procrastinador, no fui el día del test.
Hace un par de días, esa misma personita regordeta y con cara de secretaria de ente público se acercó a mí y me preguntó "¿De verdad tienes déficit de atención?" Y le dije que sí. Lo que me contó después, de ninguna manera me alegró, sólo me hizo pensar en la necesidad de respetar a las personas. "Mi hija tiene déficit de atención, la diagnosticaron y la están medicando", fueron sus palabras.
Insisto, de ninguna manera me alegra, pero un poquito más de respeto, por favor.
